Pocas veces Juana Manso escribió un texto tan personal como este. Publicado en 1870, reconstruye la historia de las primeras Conferencias Pedagógicas celebradas en Buenos Aires entre 1863 y 1870, de las que fue protagonista. Con humor, ironía y una extraordinaria capacidad para retratar personajes, recuerda los primeros intentos de organizar la formación docente en la Argentina y las dificultades que encontró toda reforma educativa.
«Grande fue la emoción producida por la circular que acompañaba el Reglamento de las conferencias. Mayor aún fue la confusión de la cosa Pedagogía; muchos nunca habían oído en su larga carrera profesional tan esdrújulo epíteto…»
«…Yo soy pedagogo, tú eres pedagogo, aquel es pedagogo…»
Con una prosa llena de escenas memorables y personajes inolvidables, este texto constituye uno de los testimonios más valiosos sobre los orígenes de las conferencias pedagógicas y la profesionalización del magisterio argentino.
Historia de las Conferencias Pedagógicas desde 1863 hasta 1870. Por un testigo ocular
Habiendo oído encarecer los benéficos resultados de estas instructivas reuniones entre nosotros, nos hemos sentido hondamente impresionados y temerosos de no haber comprendido su importancia trascendental en cuanto a los resultados obtenidos, a solos con nuestros recuerdos y recolecciones nos hemos decidido a historiar las supra citadas conferencias pedagógicas para enseñanza de nuestros descendientes y gloria perennal de los trabajos emprendidos con el laudable objeto de descubrir la piedra filosofal de la ciencia.
Muchas veces sucede que mientras no profundizamos los sucesos, nos engaña su superficie, extraviándonos el raciocinio. Así tal vez no habremos apreciado en su verdadero terreno, y bajo su verdadera luz las susodichas conferencias pedagógicas.
Nadie se había aventurado todavía en el camino de esta clase de asociaciones, cuando un día después de la lectura del Manual de Enseñanza primaria de Rendú, se le ocurrió a alguien convocar los Maestros de Escuelas, digo mal, los Directores de los Colegios Municipales a una reunión preparatoria.
Grande fue la emoción producida por la circular que acompañaba el Reglamento de las conferencias en cuestión.
Mayor aun fue la confusión de la cosa Pedagogía, muchos nunca habían oído en su larga carrera profesional tan esdrújulo epíteto.
Otros, iban que no se les pegaba la camisa al cuerpo, creyendo que se trataba de alguna celada tendida a su modesto empleo.
Opinaban algunos, con sus botones que era una nueva obra didáctica; que se preparaban a aplaudir.
Lo que es cierto sobre todas las cosas, es que los Maestros concurrieron todos con sus ayudantes, llenos de unción y de profundo respeto. Es que en aquel tiempo se hilaba muy delgado, y los únicos que solían levantar la voz eran Larguia y Larrea; los demás hablaban siempre con el sombrero en la mano a la autoridad.
Como no estuve invitada a la primer reunión, ignoro lo que en ella pasó, pero me encontré en la segunda conferencia; aunque sea dicho en honor de la verdad que no conferenciamos sobre cosa alguna.
Los maestros no hablaban por dos razones: 1° porque el Reglamento se los prohibía, ellos iban allí a oír: 2° porque nada tenían que decir.
En esa 2ª conferencia se les dijo que ellos eran Pedagogos, y que esa palabra era griega; este fue un rayo de luz que vino a iluminar las tinieblas; la incógnita quedaba despejada.
¿Cómo habían de saber lo que era pedagogía, desde que la voz era griega‘? ¿Tenían ellos la obligación de hablar o entender el griego? Por cierto que no.
Este importante punto dilucidado, vi la satisfacción resplandecer en los honestos rostros de aquellos venerables varones, y en la pausa que sucedió apuesto que cada cual comenzó a conjugar te ipse. Yo soy pedagogo, tu eres pedagogo, aquel es pedagogo. Nosotros somos pedagogos. Vosotros sois pedagogos, ellos o aquellos son pedagogos.
El descubridor de aquel nuevo mundo de la ciencia gozaba de su triunfo.
Pero Larguia observó profundamente que si continuabamos asi, se nos iba a acabar el tabaco.
Tenía razón; en materias científicas como en todas las cosas nada se pierde en andar al paso del buey. Pero engolosinados con aquella izca, un generoso ardor animaba a aquellos nuevos argonautas tras el nuevo bellocino de oro.
El pedagogio Romano, o lugar donde los hijos de los esclavos aprendían sus oficios, acababa de darsenos por arte griega, la etimología de pedagogo por de origen griego y aún recuerdo que se dijo que pedo era no se qué cosa, y gogo era otra, formando los dos el inestimable epíteto de pedagogo o Director de Colegios, porque en cuanto a Maestro, nunca se ha creído bastante aristocrático.
En esa memorable reunión se instaló la «Sociedad Propagadora de educación primaria», inocente tentativa de una cosa imposible. Se leyó el acta, firmamos todos enternecidos como casi siempre sucede entre los que tenemos poco sentido común, y creímos de buena fe que habíamos hecho algo.
Noté que al separarnos, con excepción de Agüero (Q. E. P. D. y que era más tímido que una liebre, y de Montero que hacía esfuerzos inauditos por deslizarse sin ser visto como un espíritu errante, los demás me parecieron algo entonados y no faltaba quien se hechase el sombrero a la oreja y golpease su bastón en el piso. Yo individualmente hube de sufrir un percance; sin embargo de haber sido la inventora de la «Sociedad Protectora de la Educación Primaria», un Sr. Director de Colegio, gran partidista de la ley Sálica, no quería permitirme firmar el acta encontrando altamente inconducente que la Reina Victoria ocupase el solio inglés e Isabel II el trono de España e Indias!
Felizmente para mí el Sr. Sanches Boado no formaba parte de aquella reunión y encontré en Larrea, Larguía, y otros los más calurosos defensores.
Así terminó aquella 2ª Conferencia.
Historia de las Conferencias Pedagógicas desde 1863 hasta 1870. Por un testigo ocular. Anales de la Educación Común. Vol. IX, 1870.


