Al leer este texto de Juana Manso, sorprende su fuerza y su tono; parece construido para una conferencia pública. Pero, sobre todo, sorprende todo lo que guarda: historia, recuerdos personales, ideas, críticas y una mirada lúcida sobre los hombres y las circunstancias que fueron dando forma a la educación en el Río de la Plata.
Aquí aparecen Belgrano, Rivadavia y Sarmiento, pero también la propia Manso, con sus experiencias, sus desencuentros y sus convicciones. Hay recuerdos íntimos, como los de sus encuentros con Rivadavia; hay críticas a las ideas de su tiempo; y hay una reflexión que atraviesa todo el texto: cuando una idea responde a una verdadera necesidad social, no hay obstáculos que puedan detenerla.
Quizás por eso vale la pena detenerse en este artículo y leerlo completo.
Espíritu de la educación en Buenos Aires
Con la gloriosa revolución que trozó la cadena del vasallaje colonial, apareció en este suelo la idea de la educación primaria; su primer apóstol fue el general Belgrano. A la vez que organizaba ejércitos para la patria, creaba escuelas; primero en los pueblos interiores de la Banda Oriental; después las fundaba a su costa en las provincias del interior. Belgrano había gastado el patrimonio, herencia de sus padres, en los primeros manejos políticos de la revolución; el año 13 ya era pobre y vivía de su escaso sueldo.
En recompensa de la batalla de Salta, la Asamblea le decretó cuarenta mil fuertes de recompensa; Belgrano agradece el honor que envuelve esa dádiva y, desprendiéndose del dinero, funda cuatro escuelas en los pueblos de Jujuy, Salta, Santiago del Estero y Tucumán.
El horizonte de acción era estrecho en aquel tiempo; la guerra absorbía todos los cuidados y todos los recursos.
Algunos curas patriotas, como el de Morón, improvisaban escuelas en el patio de la iglesia, donde, además de la enseñanza de las primeras letras, se hablaba a los niños de sus derechos y de sus deberes de ciudadanos; era el primer ardor del entusiasmo patrio; en compensación, hoy, después de medio siglo, nadie les habla de sus deberes civiles, ni de patria, ni de leyes, ni de derechos, ni de principios de gobierno.
Belgrano murió pobre, triste y no comprendido por sus contemporáneos, que lo procesaron dos veces y le destrozaron el corazón a fuerza de injusticias.
En pos de Belgrano se dibuja en la penumbra de la historia la figura colosal de Rivadavia.
Belgrano colocó la piedra fundamental del edificio, la base inconmovible que es la renta propia que costea la educación; fue el primer bienhechor de la instrucción pública, y su noble ejemplo todavía no ha sido imitado.
En época menos calamitosas, con el poder de hacer el bien en su mano, Rivadavia dotó a su patria de escuelas gratuitas costeadas por rentas del Estado sujetas al presupuesto.
Se creó un Departamento de Escuelas, una Escuela de Lancaster para formar preceptores, una Sociedad de Beneficencia de Señoras, y de Francia vino un preceptor idóneo en la materia: el señor Baladier.
La escuela francesa dominaba en un principio nuestras costumbres, y eso no era de extrañar donde Voltaire y Diderot encontraban adeptos: la revolución de 89 contaba más simpatías que la Declaración de Independencia de la Unión Americana.
Si Rivadavia trató, pues, de imitar lo que se hacía en Francia, el error no fue suyo sino de su época; todos se equivocaron con él, y Mirabeau era más admirado que Jorge Washington.
Las masas ignorantes rechazaron al principio la escuela gratuita; dominó la idea de que la patria quería educar a los niños gratuitamente para hacerlos soldados después.
He leído circulares de aquel tiempo a los preceptores para que procurasen desviar semejante preocupación de la mente de las familias.
El pueblo de 1825 no tenía motivo para comprender la importancia de la instrucción primaria, atrasada en todas partes en aquel tiempo, en Europa como en América.
Si la escuela gratuita no se recibió con entusiasmo, no fue tampoco mal acogida; Segurola, Escarranea y otros hombres importantes le dedicaron sus tareas, pero no se formó una opinión en torno de la idea; no nació ninguna asociación a su sombra, a no ser la que oficialmente organizó el gobierno; así es que la acción aislada gubernativa se puso al frente del movimiento educacionista, como sucede hasta hoy.
Rivadavia dejó el mando al empuje de las ambiciones de partido, se fue a Europa, y todas las veces que intentó volver a su patria lo rechazaron como a un gran criminal… ¡Su delito era su inteligencia!
Más tarde lo conocí en el Janeiro, donde me hizo dos visitas y me mostró mucho interés; era un anciano melancólico, y una vez me aventuré a dirigirle unos versos cuyo epígrafe era esta estrofa de Juan Arolas:
Hijo del hombre, vivir
es lo mismo que llorar;
no padecer es dormir,
ser dichoso, eso es soñar.
Rivadavia me contestó una sentida carta que conservo; después de pobre desterrado se fue a morir a España; han hecho una apoteosis a sus cenizas, pero yo, que he visto su miseria y su tristeza, creo que es mejor hacer algo por los vivos y no esperar a que la muerte venga a ofrecer a otros la ocasión de lucir sus discursos… no me gustan las parodias de ultratumba.
Pero nos hemos desviado, sin querer, de nuestro objeto.
Todos los gobiernos que hemos tenido después de Rosas han traído cada cual su piedra al edificio educacionista.
La aparición de Sarmiento en el Río de la Plata dio un gran empuje a la educación; en Chile había cooperado activamente a la organización de las escuelas; con un fondo inagotable de instrucción, habiendo recorrido los países más aventajados en este ramo, autor de varias obras importantes de educación, la palabra ardiente y profunda de Sarmiento fue como la vara de Moisés que hacía brotar el agua de la roca viva.
Dos escuelas parroquiales se levantaron como por encanto; se ensayó la contribución de escuelas; se conocieron en el país los útiles modernos, los métodos, libros, mapas, etc. El primer periódico hebdomadario de educación lo editó Sarmiento, dejándonos en solo dos años de Anales de la Educación un tesoro siempre pronto a darnos luces y consejos.
La experiencia amarga de medio siglo de infortunios ha enseñado prácticamente que la gran causa de nuestros males es la ignorancia explotada por la ambición; la opinión favorable a la difusión de la enseñanza existe hoy en el estado de instinto, porque si hubiese ascendido al de convicción, su primer paso sería la acción que revelaría el interés.
Lejos de eso, se fundó el año pasado una asociación que se denominó Propagadora de la Educación Primaria; era un núcleo que podía, a fuerza de perseverancia, obtener más tarde un resultado; tenía esa Sociedad la doble misión de mejorar la profesión del Institutor y conquistar prosélitos a la causa de la Educación; no podía ser más útil y benéfico su objeto. ¿Dónde está esa Asociación? ¡Disuelta! Y siento decirlo, pero no debo silenciarlo enteramente; han disuelto la asociación para hostilizarme a mí. Creen que, separado el Inspector de Escuelas de la presidencia, yo hubiera podido alcanzar la independencia profesional y, apoyada en esa sociedad, intentar mejoras radicales por peticiones a la Legislatura o cualquier otro resorte; entonces, para cortarme las alas, para dejarme aislada como estoy, no se convocó la sociedad a fin de año, temiendo que yo me aprovechase de ese momento favorable; y la Sociedad está disuelta de hecho… Ya ningún vínculo liga a los institutores entre sí; ya no hay un centro común a las ideas y a la opinión; ya está cada cual aislado como antes… y yo no puedo menos que exclamar como Galileo:
E pur si muove!
La idea que nace de una necesidad social es un torrente invencible cuya corriente derriba siempre el dique opuesto a su paso. Si la idea se encarna en un individuo, como todavía sucede entre nosotros, y el destino derriba al hombre, como sucedió con Belgrano, que arrebató la muerte, o con Rivadavia, que alejó la pasión ardiente de los partidos, no por eso la idea desaparece ni se extingue; si se aleja con Sarmiento a otras regiones el genio que la fecundaba, la idea sigue su curso sobre la tierra como el astro ignorado y perdido por los espacios profundos del firmamento; y aunque sea el ente más débil de la creación, la mujer toma su puesto, y desde la humilde posición que ocupa en la sociedad batalla con la palabra por alcanzar lo que ella no puede hacer, por difundir la idea y el amor a la educación… es que la mujer sabe también que ante la labor paciente y perseverante del operario, la montaña cede, el río distrae su corriente, el vapor absorbe la distancia, el telégrafo transmite el pensamiento por debajo de las ondas espumosas y alteradas del Océano, y la industria mecánica no es más que la expresión positiva de las grandes y nobles ideas que vienen atravesando los siglos y empujando la humanidad en la senda del progreso: primero con la palabra de Sócrates, después con la doctrina de Jesús.
Así el espíritu de la educación en el Río de la Plata desciende del cielo con el primer altar de la libertad, y se encarna en Belgrano; lo vigoriza la acción benéfica de Rivadavia; lo engrandece la propaganda ardiente y luminosa de Sarmiento; y, ganando terreno día a día, esperamos la hora en que se ampare del entusiasmo público y nazca al fin la educación popular, que es el camino de la libertad.
Juana Manso
Fuente: Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. La Tribuna, 10 de enero de 1865. N° 3296.


