Cada 26 de junio recordamos el nacimiento de Juana Manso (1819-1875), una de las figuras más originales y valientes de la historia de la educación argentina. Escritora, periodista, traductora, defensora de los derechos de las mujeres y pionera de la escuela pública, dedicó gran parte de su vida a pensar cómo debía educarse a la infancia y cuál era el papel de los maestros en esa tarea.
Muchas de las ideas que defendió provocaron resistencias en su tiempo. Sin embargo, más de un siglo después, sus reflexiones conservan una sorprendente actualidad. En una época en la que la escuela suele ser evaluada por resultados inmediatos y exigida por demandas cada vez más complejas, volver a leer a Juana Manso permite recuperar una mirada profunda sobre el sentido de educar.
Para ella, la educación no consistía simplemente en transmitir conocimientos. Era una tarea destinada a formar personas libres, capaces de pensar por sí mismas, convivir con otros y participar en la construcción de una sociedad más justa. Por eso consideraba que no existía profesión más noble que la del maestro ni causa más digna de sacrificio que la educación. La escuela era el lugar donde se preparaba el futuro de una nación.
En el centro de esta tarea se encontraba el docente. Manso sostenía que «tal es el maestro, tal es la escuela». La calidad de una institución dependía, en gran medida, de la formación, el compromiso y la vocación de quienes enseñaban. El maestro debía ser una persona íntegra, capaz de educar no solo con sus palabras sino también con su ejemplo, porque, como afirmaba, «nadie da lo que no posee» y las virtudes solo pueden transmitirse a través de la propia conducta.
Al mismo tiempo, reconocía las dificultades de la profesión. Sabía que los resultados de la enseñanza no siempre son visibles y que los logros de los maestros rara vez reciben reconocimiento. Educar exigía paciencia, dedicación y una profunda confianza en una tarea cuyos frutos suelen aparecer mucho tiempo después. La educación, decía, es una obra de paciencia y de abnegación, de satisfacción interior y no de triunfos ruidosos.
Uno de los aspectos más interesantes de su pensamiento es la importancia que otorgaba al vínculo entre maestro y alumno. Consideraba que «el secreto de la educación es hacerse amar y despertar la atención por medio del interés». Cuando existe confianza, el aprendizaje se vuelve más significativo y la autoridad deja de apoyarse en el temor para basarse en el respeto mutuo. Para Juana Manso, cuando los corazones están en contacto, también lo están las inteligencias.
Esta mirada la llevó a cuestionar las prácticas escolares más rígidas de su época. Criticó la memorización mecánica, los castigos y una disciplina basada únicamente en la obediencia. Sostenía que los niños aprenden mejor cuando participan activamente, observan, experimentan y encuentran sentido en lo que hacen. «Aprender de memoria no es aprender», repetía, cuestionando una enseñanza basada en la repetición y no en la comprensión.
También defendió el valor educativo del juego. Mientras muchos adultos repetían que «en la escuela no se juega», Juana respondía que prohibir el juego era tan absurdo como impedirle al niño respirar, porque el juego forma parte de su naturaleza. La verdadera disciplina no nacía de la inmovilidad ni del silencio permanente, sino de proponer actividades interesantes, adecuadas a la edad y capaces de despertar la atención y el entusiasmo.
Para Juana Manso, la educación tampoco podía limitarse al desarrollo intelectual. Era necesario formar el carácter, cultivar la responsabilidad, la justicia, el respeto y la solidaridad. Estas cualidades no se enseñan únicamente mediante discursos, sino a través de experiencias concretas y del ejemplo cotidiano de los adultos. «La mejor educación moral es la del ejemplo», insistía, convencida de que los valores se aprenden viviéndolos.
La escuela, además, no podía actuar sola. Manso insistía en la importancia de la participación de las familias y sostenía que la educación era una responsabilidad compartida entre padres, maestros, Estado y comunidad. Sin el compromiso de las familias y sin una sociedad que valore la educación, advertía, la infancia queda desprotegida y el futuro de una nación se vuelve incierto.
Por eso defendió con firmeza la educación pública, la formación de buenos docentes y la necesidad de que la tarea de enseñar fuera reconocida social y materialmente. Consideraba que la enseñanza no debía ser un recurso ocasional sino una verdadera profesión, sostenida por una formación adecuada, salarios acordes y reconocimiento social.
Para ella, no era posible exigir maestros competentes sin ofrecerles condiciones dignas de trabajo. «La mejor condición del maestro no solo es la conciencia de su profesión, sino la mejora material de su posición social por un sueldo decente y por la consideración social que le rodee», afirmaba. Ningún país podía aspirar a una educación de calidad si no valoraba a quienes la hacían posible todos los días en las aulas.
Para Juana Manso, la educación del pueblo era la base de la libertad, la prosperidad y la vida democrática. La escuela no era solamente un lugar de instrucción: era el espacio donde se preparaba a los futuros ciudadanos y se construía el porvenir de la nación.
A 207 años de su nacimiento, Juana Manso sigue invitándonos a pensar la educación más allá de los programas y las urgencias cotidianas. Su defensa de una escuela que enseñe sin humillar, que despierte la curiosidad en lugar del temor, que forme ciudadanos libres y no simples repetidores de conocimientos, conserva una vigencia extraordinaria. En tiempos de cambios acelerados, su voz vuelve a recordarnos que educar es una tarea de paciencia, de confianza y de esperanza; una tarea silenciosa cuyos frutos rara vez son inmediatos, pero que deja una huella profunda en la vida de las personas y en el destino de una sociedad.

