Sobre la muerte de Juana Manso

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El 24 de abril de 1875 murió Juana Manso.

Sus últimos días estuvieron atravesados por el hostigamiento y la incomprensión. No se trató solo de una vida discutida, sino de un final marcado por la presión, la intromisión y la falta de amparo.

El texto que sigue, publicado en Anales de la Educación Común, da cuenta de ese clima. No como reconstrucción posterior, sino como testimonio inmediato.

A más de un siglo y medio, ese final no resulta ajeno. Sus restos ya no se encuentran en el Panteón del magisterio, los homenajes son escasos y su nombre no ocupa el lugar que le corresponde.

Se presenta aquí una versión con ortografía moderna.

Fallecimiento de la Señora Doña Juana Manso

A las cuatro de la tarde del 24 de abril, la esclarecida y benemérita editora de estos Anales exhaló su último suspiro.

Era la misma hora en que el encargado por ella de este número, dirigía a los alumnos de la Escuela Normal la alocución que precede, en el sentido humanitario de desterrar toda pena y castigo de la escuela, por el cual la finada ilustre educadora tanto se ha distinguido. En recompensa ella ha sido penada al terminar su vida.

A esto respecto sigue aquí uno de los discursos de los que se pronunciaron sobre su tumba, revelando una circunstancia de sus últimos días que ha conmovido a todas las personas relacionadas con ella y a una gran parte de la población.

Augusto Krause

En los últimos días de febrero, decía nuestra finada hermana:

«Viendo los progresos que hace el jesuitismo en mi patria, no puedo menos que temer que tendré, antes de mucho, que buscar un lugar en otra tierra donde dar descanso a mis huesos. Si hasta ahora tantas persecuciones y aflicciones he experimentado, ¿qué suerte será la que me reserva el porvenir? Los hombres son indiferentes, y las señoras fanatizadas y regimentadas por los jesuitas…”

Antes de bajar al sepulcro, y pocos días después de su fatal pronóstico, realizó esta valiente argentina cuán cierto era su juicio.

Un sacerdote argentino fue quien, sin tener pretexto para ello, asumió el rol incalificable de mandarle intimidar, que, si no se confesaba y comulgaba, no se permitiría fuese enterrada en sagrado; y, ¡oh vergüenza! fue una comisión de damas argentinas la que se encargó de agitar las últimas horas de la ilustre moribunda, con tan infame recado.

Vosotros que os enorgullecéis de tener sangre argentina en las venas, decidme si en los momentos angustiosos en que el alma se prepara a presentarse ante su creador, no gozan de mayores franquicias los miembros de las tribus más abyectas de África, o si en aquella India cuya degradación es proverbial, no conserva el hombre en medio de su noche intelectual, más correctas nociones de los deberes humanitarios.

¡Quiera Dios! no se sepa nunca en el extranjero, para baldón de nuestro nombre de argentinos, que en la patria de Rivadavia son costeados por el Estado seres que, en el nombre de Jesucristo, se muestran más despiadados que las hienas; que no respetan ni la debilidad de la mujer, ni la inviolabilidad de la conciencia, ni la dignidad de los años, ni la autoridad de las leyes patrias, sino que prefieren prestar obediencia a ordenanzas de ese implacable poder entronizado en el Vaticano, aun a expensas de todo lo que puede hacer respetable la vida.

Hemos hecho traer desde lejanas tierras las reliquias preciosas de grandes hombres de la patria, y después de tributar a sus cenizas los honores que en vida les rehusábamos, consignamos a la misma tumba las grandes ideas que de su inteligencia iluminada brotaron. ¡He aquí el secreto de nuestra pequeñez y misera!

Baja nuestra hermana a la tumba, apurada por las persecuciones del fanatismo que, arrancándole sus medios de subsistencia, logró obligarla a sacrificar la salud y la vida en la lucha por suministrar un pedazo de pan a sus hijas.

Y baja al sepulcro con dolor en el alma por la ingratitud de su patria; pues tenía la conciencia de que en otros países se tendría orgullo en contarla entre el número de sus hijas; no es así como en los Estados Unidos se trata a Mrs. Horace Mann o a Harriet Beecher Stowe.

Pero la noche que envuelve a la patria pasará, y el sol de justicia evangélica ha de brillar en día no lejano sobre esta tumba, y hará conmoverse de gozo estos huesos.

Colocamos el cadáver de nuestra hermana con la cara para el oriente, en signo de esperanza, aguardando la aparición de ese sol de justicia; y entre tanto inscribimos sobre su tumba este epitafio:

“Aquí yace una argentina que, en medio de la noche de indiferentismo que envolvía a su patria, prefirió ser enterrada entre extranjeros, antes que dejar profanar el santuario de su conciencia por los impostores de sotana.”

En nombre de los miembros de las congregaciones evangélicas, doy el adiós de despedida a estos queridos restos, hasta tanto el divino maestro haga sonar la hora de la restitución universal.

He dicho

W. D. Junor

Anales de la Educación Común. Vol. XIV. Abril de 1875. Nº9.

 

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