En marzo de 1875, Juana Manso publica su último Editorial en los Anales de la Educación Común, revista que dirigió durante diez años.
En él vuelve una y otra vez sobre las mismas preocupaciones: la educación, los libros, la infancia, el trabajo de las mujeres.
Está muy enferma, pero siempre lúcida, no claudica.
En el número siguiente, Augusto Krause se ofrece a aliviar sus tareas de edición ante sus grandes dolencias. Publica, con su aprobación, el extenso Informe general sobre el estado de las Escuelas de la Provincia en 1874, redactado tras su inspección a las escuelas de la provincia.
El 24 de abril, Juana fallece.
Su hija, Eulalia Manso, solicita continuar la tarea de su madre y es aceptada. En mayo, los Anales retoman su labor.
Esta primera parte del Editorial no es una reflexión. Es una intervención directa: cuestiona nombramientos, denuncia la desorganización y pone en discusión quiénes deben conducir la enseñanza.
Defiende con firmeza el rol fundamental de los maestros. Señala la necesidad de dar lugar a los jóvenes, a nuevas miradas, a un cambio que la educación sigue postergando.
Vuelve sobre algo que la desvela: enseñar es una profesión, tan digna e importante como cualquiera, y no puede ser tratada como un asunto menor.
“Mesa del Editor”.
El Gobierno de esta Provincia ha nombrado al Dr. D. Juan María Gutiérrez Jefe del Departamento de Escuelas.
No entraremos a apreciar las aptitudes del Dr. Gutiérrez para el puesto que se le designa;
recordaremos tan solo que en su calidad de empleado jubilado, no es una persona muy idónea para ponerse al frente de una oficina que requiere cierta actividad viril de que carece el Dr. Gutiérrez en sus años sexagenarios.
El Dr. Gutiérrez ya ha dado pruebas inequívocas de su falta de actividad, cuando este mismo Departamento fue atado al remolque de la Universidad; y durante funcionó el Consejo de Instrucción Pública, nunca escuchamos de sus venerables labios sino divagaciones irrealizables.
El Dr. Gutiérrez no ha comunicado todavía su aceptación o rechazo; silencio es este al que se le atribuyen causas varias.
Lo que es de todo punto incuestionable es que el estado de nuestra instrucción pública no puede ser más lamentable.
Hacen diez y siete años que se están patentizando sus males, sin que nadie les ponga remedio.
Somos enemigos de la centralización, pero de igual manera somos enemigos del desorden.
Las tres direcciones que compartían antiguamente la educación pública, alcanzan hoy a cinco.
1ª Dirección Oficial del Gobierno de la Provincia.
2ª Dirección Municipal.
3ª Dirección de la Sociedad de Beneficencia.
4ª Dirección del Clero en la educación pública.
5ª Escuelas y Colegios que se dirigen por sí solos con independencia absoluta de toda otra autoridad.
Falta la ley que reglamente las autoridades que han de velar por la educación del pueblo; las facultades de que se hallan investidas, sus limitaciones y los reglamentos que prescriben los deberes del maestro garantiendo a la vez sus inmunidades.
Hemos repetido hasta el fastidio los detalles de la organización de los poderes destinados a velar por la educación pública como a administrar sus intereses.
El Sr. D. Pedro Quiroga hizo traducir el Código de Escuelas del Massachusetts; los Anales publicaron el Código de Pensilvania y Ambas Américas el de New York; no es por falta de modelos que perseveramos en la incuria.
Todos los impuestos han triunfado menos el de Escuelas.
Ni orden, ni rentas, ni edificios hemos podido conseguir; y en ese estado de desorden no es fácil que haya hombre alguno ni aun con las mejores aptitudes y la mejor voluntad del mundo que pueda darle forma al caos.
Pero si a todos esos males se agrega el de atravesarle unos palos a la rueda de la carreta, entonces quedará esta desmantelada del todo.
Querríamos ver siempre hombres jóvenes, hombres nuevos; hay tanto maestro de escuela que vale tanto como el mejor abogado, ¿por qué no probarlos?
¿El maestro de escuela no será persona civil?
¿No podría presidir el Consejo?
Esa sería una dicha, porque fue un error desde la creación del Consejo.
En fin, jamás se comprendió lo que ese Consejo venía a hacer al mundo, ni cuál era la misión del Jefe de las Escuelas; y harto nos hemos cansado de repetirlo para volver a las andadas.
Quisiéramos hombres nuevos, ya que los han de escoger de otras profesiones, mejor es que sea del gremio.
¿ Por qué ni para qué andar trocando los frenos?
¿Convendría que un maestro-escuela fuse nombrado proto-médico? No.
¿O que lo nombrasen presidente de la Academia de Jurisprudencia? No.
Entonces, ¿ por qué nombrar Gefe de Departamento de Escuelas a ilustres abogados, como ya ha sucedido, que no sabían diferenciar un sub-preceptor de un ayudante, y así lo demás?
¿Acaso porque enseñar no es una profesión? Piensan bien los que así piensan. En tal caso, ¿Para qué sostener Escuelas normales?
(Primera nota)
Anales de la Educación Común, Vol. XIV- Marzo de 1875, Número 8 , pag.225-227. (ortografía moderna )


