En Misterios del Plata, Juana Manso pone en escena una de las situaciones más conmovedoras de la novela: un padre preso y condenado que se despide de su hijo pequeño.
En estas palabras de Alsina a Adolfo no hay solo una despedida íntima, sino un verdadero testamento moral. A través de esta escena, Manso despliega una ética del deber, de la dignidad personal, de la educación del carácter y del compromiso con la humanidad, la patria y la familia.
El fragmento que sigue conserva una vigencia notable y permite asomarse a la profundidad del pensamiento ético y pedagógico de su autora.
Adolfo: es necesario que los hombres sepan vencer, domar sus pasiones, como sus pesares; luchar contra el dolor y contener todos sus sentimientos, en la órbita indeclinable del deber, que nos enseña a sacrificar nuestras aflicciones cuando lo exige la dignidad y el respeto que debemos tener de nosotros mismos, y que debe presidir todas las acciones públicas y privadas del hombre de bien.
Eres todavía muy pequeño para comprenderme… Vas a quedar en orfandad… ¡Ah! Yo no siento morir… sino no poder completar tu educación… ilustrar tu espíritu y formar tu corazón…
—Antonia —dijo Alsina después de una pausa, dirigiéndose a su mujer—, tú suplirás mi ausencia, ¿no es así? ¿Los consejos que darás a nuestro hijo han de conformarse con mis deseos?
—Sí, yo haré lo posible para ese fin —respondió doña Antonia con una voz tan apagada que apenas se percibía. La pobre señora temía que la inflexión de su voz traicionase el dolor que le desgarraba el corazón.
—Estoy en manos del general Rosas —agregó el preso—; y sea aquí, sea en Buenos Aires, no debo esperar un desenlace feliz…; por eso, es necesario aprovechar los momentos que aún nos restan.
—Mas, papá —interrumpió el niño Adolfo—, ¿por qué estos hombres quieren asesinarte? ¡Tú eres inocente!
—¿Por qué, hijo mío? ¡No me lo preguntes! —dijo tristemente Alsina—. Cuando seas hombre, las crónicas sangrientas de tu país te dirán por qué tantas cabezas nobles cayeron diezmadas bajo el hacha asesina del populacho. ¡Pobre Adolfo, que no podrás evocar los risueños cuadros de tu infancia sin ver antes pasar delante de tus ojos el cadáver de tu padre asesinado!… ¡Ah! Por lo menos, no seré yo quien romperá el velo misterioso que todavía encubre las miserias y los crímenes de los hombres. ¡Hijo mío, graba en el fondo de tu corazón estas últimas palabras de tu padre y que el recuerdo de esta noche no se borre más de tu memoria!
Adolfo y doña Antonia se aproximaron más al proscripto; y Miguel, descansando la culata de la espingarda sobre las piedras del pavimento, cruzó los brazos sobre la boca del arma, con los ojos fijos en el noble prisionero.
—Tú vas a oírme sin comprender mis palabras —dijo Alsina hablando con su hijo—, pero acuérdate de ellas cuando seas hombre, y sirvan ellas de norte y de rumbo para tu vida. Hijo mío: la idea única y absoluta de las acciones del hombre honesto es el deber.
Trata de conocer las obligaciones que te impone el deber y cúmplelas religiosamente, sin transigir jamás con ellas; porque aquel hombre que transige con sus deberes falta a su propia honra. Vida y fortuna deben sacrificarse al deber, cuando este así lo exija.
Los preceptos que el deber encierra en sí son simples como la verdad y no cuesta cumplirlos, pensando que ellos tienen por fin la felicidad del hombre. Esta felicidad no es el mezquino regocijo de los placeres y de las riquezas del mundo: la felicidad de que te hablo es esa dulce tranquilidad del justo, del hombre que siempre vive en paz con Dios, con sus semejantes y consigo mismo.
La misión del hombre en la tierra es trabajar por el bienestar general de la humanidad; después de la humanidad, la patria; después de la patria, la familia. El yo es el último en esta tarea. Con todo, tú verás más adelante que los hombres, en su mayor parte, invirtiendo la moral social, tratan primero de sí, después de la familia; a la patria la identifican con el propio interés, y la humanidad es apenas una entidad contra la que se lucha despiadadamente; porque los medios para hacer fortuna son todos buenos y, mirando hacia los fines, la perversidad de los auxiliares no se advierte.
A pesar de que así veas a otros hacer, ama tú en cada hombre un hermano y nunca desees ni hagas a los otros aquello que no deseas ni quieres para ti. Las opiniones políticas o religiosas de otros hombres, por ser diferentes de la nuestra, nunca deben servirnos de subterfugio para hacernos mal.
Sé humano, hijo mío, sé generoso y marcha siempre de frente y en línea recta.
Consuela a tu madre cuando yo ya no exista… Si algún día te casares, ama a tu mujer y recuerda que eres responsable no solo de su subsistencia, sino también de su tranquilidad; puesto que ella a ti se confió, es cobardía sin nombre oprimir y atormentar a aquella que nos dio más que su vida, porque con su sangre alimenta a nuestros hijos. No consideres a tu mujer una esclava; mira en ella a tu compañera, a la madre de tus hijos y siempre a tu mejor amiga… ¿Ves cómo tu madre y yo nos amamos?
Disponible en línea en la Biblioteca Digital de la UNCUYO. Misterios del Plata (UNCU-Biblioteca Digital) Pág. 70 y 71.

