La palabra viva: oratoria y lectura pública en tiempos de Juana Manso

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En el siglo XIX la lectura no era siempre un acto silencioso e individual como lo es hoy.
Muchos textos circulaban también a través de la voz: se leían en voz alta ante un público reunido para escuchar.

Las conferencias públicas formaban parte de esa cultura de la palabra compartida.
El texto se escribía previamente, pero su momento pleno ocurría cuando el conferencista lo leía en voz alta ante un auditorio.

Por eso la conferencia del siglo XIX no era solamente una exposición de ideas.
Era también un acto de oratoria.

Quien hablaba debía saber modular la voz, dar relieve a las frases, marcar los silencios. En la educación de la época se enseñaban la oratoria y la declamación, artes destinadas a formar ciudadanos capaces de hablar en público y persuadir con la palabra.

En el mundo anglosajón estas prácticas alcanzaron gran popularidad. Escritores como Charles Dickens realizaban lecturas públicas de sus obras ante grandes auditorios. No se trataba de una lectura neutra: Dickens interpretaba los personajes, cambiaba el tono de voz y dramatizaba los diálogos. Muchos espectadores decían que asistir a esas lecturas era una experiencia cercana al teatro.

Domingo Faustino Sarmiento conoció en los Estados Unidos ese sistema de conferencias públicas y lo consideró una herramienta poderosa para la educación de la sociedad. En su proyecto de modernización cultural imaginaba una ciudad donde las ideas circularan no solo en libros y periódicos, sino también en la palabra viva de las conferencias.

Esa dimensión expresiva de la lectura fue observada por Sarmiento al asistir a las lecturas públicas de Dickens en los Estados Unidos. En un artículo, Las lecturas de Carlos Dickens, publicado por Juana Manso en Anales de la Educación Común en 1867, describe el asombro del público ante un fenómeno singular: no se trataba simplemente de oír un texto, sino de asistir a su encarnación en la voz del autor. Sarmiento señala que Dickens no leía de manera neutra, sino que “accionando, jesticulando, riendo ó llorando” daba vida a cada personaje, hasta convertir la lectura en una verdadera escena. Y resume esa experiencia con una frase notable: “Es un libro vivo; hé aquí todo.”

En ese contexto aparecen las lecturas públicas de Juana Manso, en su afán también de recaudar fondos para la creación de bibliotecas populares.

Sus conferencias no eran simplemente textos escritos: estaban pensadas para ser escuchadas. En varios de sus escritos, Juana insiste en la importancia de una lectura clara, expresiva y comprensible, capaz de transmitir el sentido del texto a quienes escuchan.

Así, cuando en 1866 Juana Manso sube al estrado para iniciar sus Lecturas Públicas en la Escuela Catedral al Norte, participa de una tradición cultural ya existente: la de la conferencia como acto de palabra pública.

En sus ciclos de lecturas públicas, Juana Manso desarrolló también una dimensión de acontecimiento cultural organizado. En algunas ocasiones —como en Chivilcoy— se cobraba entrada con el fin de recaudar fondos para la creación de bibliotecas, y el programa podía incluir recitados o intervenciones musicales, muchas veces a cargo de sus hijas, lo que convertía la lectura en una experiencia más amplia, donde la palabra, la música y la presencia escénica se articulaban en un mismo acto.

Pero al mismo tiempo introduce algo nuevo y profundamente disruptivo.

Por primera vez, en un espacio reservado hasta entonces casi exclusivamente a los hombres, una mujer toma la palabra ante el público para exponer ideas sobre historia, educación y libertad de pensamiento.

Las conferencias de Juana Manso pertenecen, por lo tanto, a la historia de la educación y de la cultura.
Pero también forman parte de la historia de la voz pública: la historia de quienes se animaron a hablar en voz alta ante la sociedad de su tiempo.

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